Autor: torodigital -
La tarde del miércoles 26 de agosto de 2026 quedará marcada en la memoria taurina de Nules por el debut de dos peñas jóvenes: la Penya L’Afició y Trunkà, que unieron esfuerzos para presentar su primer astado en las fiestas. Para la ocasión apostaron por un toro de la ganadería portuguesa Paulino da Cunha, un hierro que acostumbra a sacar animales serios, de buen tamaño y con un comportamiento exigente en las calles. El toro, bien armado y alto de agujas, irrumpió en la plaza con ímpetu, acudiendo de inmediato al cite del joven recortador que se atrevió a recibirlo. Durante los primeros compases mostró movilidad y atención, respondiendo con prontitud a los mozos que lo provocaban. Tras ese arranque inicial, el burel tomó las calles de la vila, donde comenzó a marcar su propio ritmo. En las esquinas se aquerenció por momentos, ignorando los cites y midiendo cada arrancada con un sentido evidente. Cuando decidía arrancar, lo hacía con arreones largos, secos y de gran peligro, obligando a los mozos a extremar precauciones. Su lidia transcurrió mayoritariamente fuera del albero, donde el toro se sintió dueño del terreno, controlando el panorama y demostrando que no iba a regalar nada. Ya en los minutos finales regresó a la plaza, donde se vieron los mejores detalles de la tarde. Allí volvió a emplearse con nobleza y fijeza, dejando claro que, pese a su comportamiento exigente en las calles, tenía fondo y calidad para ofrecer momentos de interés.

La tarde del miércoles 26 de agosto de 2026 quedará marcada en la memoria taurina de Nules por el debut de dos peñas jóvenes: la Penya L’Afició y Trunkà, que unieron esfuerzos para presentar su primer astado en las fiestas. Para la ocasión apostaron por un toro de la ganadería portuguesa Paulino da Cunha, un hierro que acostumbra a sacar animales serios, de buen tamaño y con un comportamiento exigente en las calles. El toro, bien armado y alto de agujas, irrumpió en la plaza con ímpetu, acudiendo de inmediato al cite del joven recortador que se atrevió a recibirlo. Durante los primeros compases mostró movilidad y atención, respondiendo con prontitud a los mozos que lo provocaban. Tras ese arranque inicial, el burel tomó las calles de la vila, donde comenzó a marcar su propio ritmo. En las esquinas se aquerenció por momentos, ignorando los cites y midiendo cada arrancada con un sentido evidente. Cuando decidía arrancar, lo hacía con arreones largos, secos y de gran peligro, obligando a los mozos a extremar precauciones. Su lidia transcurrió mayoritariamente fuera del albero, donde el toro se sintió dueño del terreno, controlando el panorama y demostrando que no iba a regalar nada. Ya en los minutos finales regresó a la plaza, donde se vieron los mejores detalles de la tarde. Allí volvió a emplearse con nobleza y fijeza, dejando claro que, pese a su comportamiento exigente en las calles, tenía fondo y calidad para ofrecer momentos de interés.