Autor: torodigital -
Dieron comienzo las fiestas de San Fermín en la Capital del Toro, La Vall d’Uixó, como marca la tradición del sábado previo al 7 de julio. Así, el 4 de julio de 2026, la ciudad abrió su ciclo taurino bajo un calor sofocante, de esos que parecen resquebrajar las piedras y poner a prueba tanto a los animales como a los aficionados.
El primer toro de la jornada fue Lirio, número 19, guarismo 2, de la ganadería El Pilar. El ejemplar tuvo que salir enfundado por circunstancias ajenas a la comisión, pero desde que asomó por la puerta dejó claro que llevaba la casta escrita en la mirada. Mostró gran movilidad, prontitud en las arrancadas y una disposición notable para la pelea. Sin embargo, el sol implacable y el asfalto ardiente fueron enemigos insalvables. Como toda planta que necesita agua y más un lirio en pleno julio, el toro terminó desfondándose, quedándose sin fuelle tras un inicio esperanzador. No llegó a romper del todo, pero dejó detalles de calidad en los primeros compases. El segundo de la tarde fue Rompepuertas, número 27, guarismo 2, de Juan Albarrán, patrocinado por la Peña Victorino. Bien presentado, serio y con presencia, ofreció una actuación dividida en dos capítulos completamente distintos. En su primera fase, el toro completó una vuelta entera al recinto sin decir absolutamente nada: carretón, anodino, sin transmisión, como si aún no hubiera encontrado su sitio. Pero al regresar al punto de la suelta, todo cambió. Allí se asentó, bajó la cabeza y brotó la casta. Rompepuertas comenzó a arrancar con alegría, con prontitud, con esa nobleza que engancha y convence. Su segunda mitad fue tan buena que terminó por ponerse de acuerdo con el público, que le dedicó una cerrada ovación al finalizar la exhibición. Un toro de menos a más, de los que dejan sabor de boca. La noche trajo el turno del fuego. Se emboló el ejemplar número 43, guarismo 8, de Hato Blanco, patrocinado por la Peña l’Embola. Un toro grande, de los que llenan el pilón y hacen respetar la plaza con solo plantarse. Pese a sus dimensiones, tuvo movilidad, algo siempre de agradecer en los toros embolados. Con el paso de los minutos afloró su genio, derrotando con fuerza en rateras y barreras, dejando claro que la potencia también puede convivir con la agilidad en la oscuridad de la noche.