Autor: torodigital -
Este sábado 14 de febrero de 2026 dieron comienzo los actos taurinos del Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, aunque la verdadera apertura del programa se vivió ya en la madrugada. A las 00:15 horas, bajo un ambiente gélido y con la plaza expectante, arrancó la primera capea nocturna con dos astados de la ganadería de Antonio López Gibaja, hierro habitual en estas tierras y conocido por su seriedad en la báscula y su comportamiento variado en festejos populares. El primer toro salió con brío, enseñando desde los primeros compases que tenía intención de pelea. Sin embargo, la lidia se vio pronto deslucida por el exceso de mozos que se abalanzaron sobre él sin guardar distancias ni respetar los tiempos del animal. El toro acudía a todos los cites, pero sin llegar a fijarse; embestía con un solo viaje y salía suelto, sin repetir, quizá desconcertado por la falta de orden en el ruedo. Finalmente fue encerrado para dar paso al segundo ejemplar. El hermano de camada, más frío de salida, mostró desde el primer momento escaso interés por los mozos. Anduvo distraído, sin fijeza, acudiendo a los quites sin entrega y sin terminar de romper hacia adelante. La lidia transcurrió sin mayores sobresaltos, pero también sin emoción, dejando una sensación de oportunidad perdida para el lucimiento. En tercer lugar, y ante la imposibilidad de continuar con el segundo, se optó por volver a soltar al primer toro. Fue entonces cuando la noche se tornó dramática. Nada más salir, el astado sorprendió a un aficionado en tablas, propinándole una cornada mortal que heló el ánimo de toda la plaza. El silencio que siguió fue tan denso como el frío que azotaba la tierra mirobrigense. No era la temperatura lo que paralizaba a los presentes, sino la crudeza de una cogida que nadie esperaba en el inicio de unas fiestas tan queridas como el Carnaval del Toro. La tragedia dejó a peñas, mozos y espectadores profundamente conmocionados. Un comienzo amargo que recuerda, una vez más, que la grandeza y la dureza del mundo del toro conviven siempre en un equilibrio frágil, y que la emoción de la fiesta exige respeto, prudencia y responsabilidad.

Este sábado 14 de febrero de 2026 dieron comienzo los actos taurinos del Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, aunque la verdadera apertura del programa se vivió ya en la madrugada. A las 00:15 horas, bajo un ambiente gélido y con la plaza expectante, arrancó la primera capea nocturna con dos astados de la ganadería de Antonio López Gibaja, hierro habitual en estas tierras y conocido por su seriedad en la báscula y su comportamiento variado en festejos populares. El primer toro salió con brío, enseñando desde los primeros compases que tenía intención de pelea. Sin embargo, la lidia se vio pronto deslucida por el exceso de mozos que se abalanzaron sobre él sin guardar distancias ni respetar los tiempos del animal. El toro acudía a todos los cites, pero sin llegar a fijarse; embestía con un solo viaje y salía suelto, sin repetir, quizá desconcertado por la falta de orden en el ruedo. Finalmente fue encerrado para dar paso al segundo ejemplar. El hermano de camada, más frío de salida, mostró desde el primer momento escaso interés por los mozos. Anduvo distraído, sin fijeza, acudiendo a los quites sin entrega y sin terminar de romper hacia adelante. La lidia transcurrió sin mayores sobresaltos, pero también sin emoción, dejando una sensación de oportunidad perdida para el lucimiento. En tercer lugar, y ante la imposibilidad de continuar con el segundo, se optó por volver a soltar al primer toro. Fue entonces cuando la noche se tornó dramática. Nada más salir, el astado sorprendió a un aficionado en tablas, propinándole una cornada mortal que heló el ánimo de toda la plaza. El silencio que siguió fue tan denso como el frío que azotaba la tierra mirobrigense. No era la temperatura lo que paralizaba a los presentes, sino la crudeza de una cogida que nadie esperaba en el inicio de unas fiestas tan queridas como el Carnaval del Toro. La tragedia dejó a peñas, mozos y espectadores profundamente conmocionados. Un comienzo amargo que recuerda, una vez más, que la grandeza y la dureza del mundo del toro conviven siempre en un equilibrio frágil, y que la emoción de la fiesta exige respeto, prudencia y responsabilidad.